El espíritu de Viera
Juan-Manuel García Ramos
...Ni siquiera las policías culturales que controlan los aparatos de poder de los partidos centralistas, puede negarle a este pueblo atlántico, la consideración [de Nación] que un buen día del siglo XVIII le otorgó un tipo tan neutral como José de Viera y Clavijo...
Somos lo que somos, y ya es hora de leer nuestra historia con la visión política que nos ha sido negada durante tanto tiempo.
Tomo prestado el título de estas reflexiones de una crónica firmada por Almudena Sánchez en Canarias/7 el pasado lunes [1-05-06]. En esa crónica se nos daba cuenta de un debate mantenido por las actuales fuerzas parlamentarias del Archipiélago sobre la posibilidad de utilizar una afirmación de don José de Viera y Clavijo para introducirla en el Preámbulo del nuevo Estatuto de Autonomía de Canarias.
Al parecer, los diputados de Coalición Canaria se plantearon evocar ese "espíritu de Viera y Clavijo" para dar entrada, desde las fuentes históricas y no tanto políticas, al término nación en la nueva ley de leyes canaria.
En concreto, solicitaban al resto de los grupos parlamentarios que no podíamos ignorar que un ilustrado como Viera y Clavijo reconocía ya en las páginas de su divulgada Noticias de la Historia General de las Islas Canarias, después de aceptar su deuda intelectual con fray Alonso de Espinosa y fray Juan Abreu Galindo, "padres de nuestras antigüedades", que "puede concluirse de buena fe que los primitivos isleños de Canarias formaban un cuerpo de nación original, coetánea a los tiempos heroicos, de una misma extracción y de un mismo gusto en todos asuntos y en todos modos de pensar y subsistir" (Esto puede leerse en la página 216 del primer tomo de la edición de esa obra llevada a cabo por Goya Ediciones, Tenerife, en 1967).
Antes de escribir esos párrafos, Viera también había evocado su esfuerzo por exponer ante sus lectores "una idea precisa de los usos, costumbres, religión, gobierno, genio y carácter de los habitantes indígenas de las Islas Canarias".
Eso está en nuestra historia, no es un invento del enrarecido y oportunista debate autonómico actual. Ese cuerpo de nación original apreciado por nuestro historiador más ilustre no hizo sino enriquecerse con las distintas oleadas de personas que llegaron a Canarias con posterioridad a la conquista y terminaron por conformar el pueblo actual.
Es decir, si de lo que se trata es de argumentar en el nuevo Preámbulo de ese Estatuto en ciernes lo que ha sido Canarias en el pasado y lo que pretende ser en el futuro, nadie, ni siquiera las policías culturales que controlan los aparatos de poder de los partidos centralistas, puede negarle a este pueblo atlántico, la consideración que un buen día del siglo XVIII le otorgó un tipo tan neutral como José de Viera y Clavijo.
Somos lo que somos, y ya es hora de leer nuestra historia con la visión política que nos ha sido negada durante tanto tiempo.
Ese espíritu de Viera, leído hoy, impregnó a buen seguro a las elites tinerfeñas que durante la vigencia de la Junta Suprema de 1808 manejaron tesis soberanistas para nuestro Archipiélago, para una Canarias diferente, crecida en su orgullo político y dispuesta a entablar un diálogo de tú a tú con otras potencias internacionales de aquel momento, cuando España había caído en manos francesas y los "centros" políticos desaparecían de un día para otro y dejaban a las colonias en la más pura orfandad. También este capítulo forma parte de nuestra historia insoslayable, por mucho que se quiera ocultar.
Y ese mismo espíritu de Viera arraigó en ese periodo del siglo XIX insular que María Rosa Alonso, nada sospechosa de militancia nacionalista, todo lo contrario, llama "La formación de una conciencia regional. Los primeros románticos", localizado en su trabajo "La literatura en Canarias durante el siglo XIX", en el tomo quinto de la Historia General de las Islas Canarias, de Agustín Millares Torres, complementada en una edición de Edirca, Las Palmas de Gran Canaria, en 1977.
Nuestra estudiosa lo reconoce en un párrafo de ese capítulo aludido de nuestra historia literaria: "En Canarias se despierta, con la dirección romántica, el sentimiento indigenista que, con sus trenos prerrománticos, comenzó a remover don Graciliano Afonso, aunque la actitud sentimental de Viera y Clavijo preparó el futuro campo".
Como arraigaría ese mismo espíritu de Viera en los miembros de la Escuela Regionalista de La Laguna y en los primeros movimientos nacionalistas de finales del siglo XIX y principios del XX. Tentativas políticas que quizá tuvieron, en la colocación de la primera bandera autonomista canaria en el Ateneo de La Laguna en 1907, el primer símbolo de una conciencia nacional canaria que no ha dejado de crecer con los años pese a todos los inconvenientes que la realidad le ha opuesto.
Me gusta evocar una de las estrofas del poema Canarias de don Nicolás Estévanez donde nuestro paisano nos dice: "Ni en los Estados pienso / que duran breves horas, / cual duran en la vida / de los mortales las mezquinas obras", pues en esa endecha real parece aludir a un pensamiento básico de todo el nacionalismo europeo que representó el prerromántico alemán Johan Gottfried Herder, quien nos dejó dicho algo muy a tener en cuenta en todo el debate autonómico actual. Dijo Herder que mientras la política crea los Estados, la naturaleza crea las naciones.
Esa fue una idea fija de Nicolás Estévanez, no sólo desarrollada en el poema aludido, sino repetida en su alocución de 9 de diciembre de 1900 durante el homenaje que la colonia canaria en Madrid tributa a Benito Pérez Galdós por la publicación de Las Bodas Reales, el último de la tercera serie de sus Episodios Nacionales.
En esa ocasión, Nicolás Estévanez dice a todos los comensales que lo acompañan que "si algún día desaparecieran las fronteras y las nacionalidades, sólo entonces dejaríamos de ser españoles, pero ni aun entonces dejaríamos de ser canarios".
Cuando se trata de redactar una tercera versión del primer documento jurídico-político que nos concibe a los canarios como un solo pueblo en marcha, alejado de las castrantes rivalidades capitalinas de todo el siglo XIX y gran parte del XX, cuando se trata de abrir esa tercera versión del Estatuto de Autonomía de Canarias, tenemos que conocer nuestra historia y dotarla del alcance político que se merece.
No nos debe valer que el término "nación" haya sido un caballo de batalla algo derrotado en el casi superado e insufrible debate del Estatut catalán, ni que haya sufrido igual suerte con otras pequeñas cartas magnas -si se me permite esta algo contradictoria expresión- de territorios como el País Vasco o Andalucía.
El Estatuto de Autonomía que Canarias tiene que otorgarse en este siglo XXI ha de saber que nuestro pueblo no nació ayer ni es olvidadizo del esfuerzo de los hombres y las mujeres que pensaron y actuaron durante cinco siglos de nuestra historia occidental, dejemos aparte la etapa preeuropea.
Cuando Viera habla de un "cuerpo de nación original" para referirse a los canarios que encontraron los primeros navegantes que llegaron a nuestro Archipiélago, por lo demás el único territorio de la Macaronesia que se encontraba habitado en esos siglos de descubrimientos y conquistas, no lo hace participando de la terminología política de nuestro tiempo, lo hace practicando un lenguaje común en su época.
Coloquémonos "bajo el signo de Viera", para remedar a Agustín Espinosa, e introduzcamos en nuestro Estatuto futuro ese reconocimiento de "cuerpo de nación original" que nuestro pueblo merece de sobra desde hace ya casi tres siglos. La Historia está para hacerle caso, no para traiciona