Desde luego, si Antonio Cubillo pretendía dar las últimas paladas a la tumba del independentismo canario, lo está consiguiendo. Como en la vieja anécdota de los cantautores cubanos, cuando les preguntaban si la trova estaba muerta y ellos respondían que no, pero que la estaban matando, podemos decir sin temor a equivocarnos que el otrora líder independentista lo está matando pero bien muerto, sí señor. De entrada, ha conseguido lo que parecía imposible, que el Partido Popular, Coalición Canaria, Nueva Canarias y el Partido Socialista estuvieran de acuerdo en algo: que la constitución por fascículos que entrega El Día guarda una estrecha relación con la soberanía, y es que básicamente es un soberano disparate.
Dicho esto, no nos gusta, como diría Paulino Rivero, el andar de la perrita. ¿A qué vienen tantos aspavientos? ¿De dónde sale esta inusitada campaña contra, no las organizaciones nacionalistas, sino el mismo hecho de ser independentista? Por un lado, Pepe Torres que corre que se mata para dejar bien claro que el nacionalismo de Coalición Canaria siempre respetará la Constitución (la española, claro) y demás batatadas. Román y Paco Aureliano también se han apresurado a marcar distancias y decir que lo de Nueva Canarias es otra cosa. Por otro lado, el Canarias7, que lo tiene a huevo, no deja de atormentar a sus lectores con las tesis de Cubillo comentadas. Más allá, Santiago Pérez, diputado del PSC poco menos asegura que la independencia y la democracia son incompatibles, conceptos enfrentados, en Canariasahora.com en un artículo titulado “Canarias, ¿independencia o democracia?”. La tesis es sencilla: como la independencia no garantiza mayor democracia, me quedo con lo que tengo. Claro que cabría darle la vuelta: como no pierdo en democracia con la independencia y puede que gane otras cosas, soy independentista. Da qué pensar acerca de la democracia en los países hoy independientes, ¿no? Pero no, el caso es darle al haragán de turno.
No vamos a hacer aquí una defensa del independentismo como proyecto político. Nos consta que sus defensores tienen y a ellos les corresponde esa labor. Sí admitimos que echamos en falta mayores dosis de realismo, madurez política y una relación menos de amor-odio con la sociedad canaria, que cuando les apoya es “el noble y sufrido pueblo canario” y cuando no, padece “el síndrome del colonizado”. Y renovar su discurso, sanearlo, medir sus fuerzas, priorizar objetivos,… Pero de lo que se trata ahora es de constatar la escasa calidad de la democracia canaria, en la que por lo visto ser independentista es algo demoníaco; no una opción política más, como ser autonomista, centralista, autodeterminista, federalista,… sino una elección imposible, fuera de lugar. ¿Qué clase de democracia es ésa?
Devalúan el significado mismo de la democracia quienes niegan que haya gente que pueda pensar que Canarias estaría mejor siendo un país independiente pero nada objetan a quienes piensan que a Canarias le va mejor siendo una Comunidad Autónoma. Uno debería poder defender cualquier opción con respecto a la relación entre Canarias y España. Sería un síntoma de calidad democrática en un país avanzado; sin embargo, lo que vemos estos días es la prueba fiel de que queda mucho por mejorar en cuanto al reconocimiento del otro, la aceptación de la pluralidad de la sociedad canaria,… algo a lo que también están convocados los independentistas canarios. Si todo esto se diera, entonces podríamos creer a los que ahora se rasgan las vestiduras. Mientras tanto, no consideraremos las críticas a Cubillo superiores política o moralmente a los argumentos de Cubillo.
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