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Al
rastrear en la memoria reciente un Premio Nobel, en cualquiera de sus
disciplinas, no hay ninguna que haya suscitado la expectación quedespertó
en todo el mundo el reconocimiento a Barack Obama por su defensa de la
diplomacia multilateral a favor de la paz y su aspiración de lograr un
mundo limpio de armas nucleares. La oleada de expectativas levantada en
torno al singular liderazgo del primer presidente negro de Estados
Unidos- según profecías el próximo negro será
un Papa católico - fue ahogando con el paso de las horas las
evaluaciones más críticas sobre si atesora méritos suficientes o no
para recibir tal distinción, cuando no ha cumplido tan siquiera su
primer año de mandato. La excepcionalidad del personaje y la aureola de
esperanza, de búsqueda de objetivos que aún hoy se antojan utópicos
tomados en su conjunto, resultan irresistibles frente a los recelos que
alimenta la concesión del Nobel de la Paz. Frente a las dudas sobre si
su carisma basta para seguir dando aliento a unos propósitos
encomiables, sí, pero que distan de haberse traducido aún en resultados
verificables y duraderos; sobre si resulta incluso conveniente que la
Academia sueca haya optado por premiar al líder de la única
superpotencia mundial y hacerlo cuando está en activo, en lo que supone
un nítido mensaje al conjunto de la comunidad internacional sobre cuál
es el camino que considera más apropiado el jurado de los Nobel para
avanzar en el logro de la paz. Al otorgarle un galardón tan
significativo justamente a Obama, el premio adquiere unas connotaciones
indudables, que no afectan tanto a la carga de responsabilidad que ha
demostrado estar dispuesto a asumir el presidente estadounidense, como
a la relación que se presupone deberían tener hacia su Administración
los que integran el multilateralismo que propugna.En
este sentido, las agradecidas palabras de Obama por haber sido
distinguido de este modo resultaron particularmente elocuentes de cómo
concibe el orden mundial, al interpretar el Nobel como una «llamada a
la acción» ante los conflictos que atenazan a la Humanidad en el siglo
XXI pero también como la afirmación del liderazgo de EE UU ante ese
desafío. Resulta incuestionable que la fulgurante trayectoria política
del líder norteamericano, su poderosa capacidad para haber recuperado
el valor de la retórica y decisiones impensables poco antes de que
fuera elegido, como el pacto con Rusia contra la proliferación nuclear,
han permitido difuminar en menos de un año la falta de empatía hacia su
país bajo la presidencia de Bush y recrear un nuevo ambiente en las
relaciones internacionales. Pero ese ambiente, a fecha de hoy, es el de
las expectativas cumplidas con respecto a lo que prometía Obama pero
sin resultados lo suficientemente tangibles para garantizar que vaya a
tener éxito en la empresa que se ha marcado. Ni que los parabienes
generalizados que ayer generó su Nobel de la Paz vayan a sobreponerse a
la árida trastienda de todos los problemas que el líder de EE UU está
tan predispuesto a acometer.Pero
en esta nacionalidad, ante la corrupción generalizada nos lleva a la
esperanza que significa Obama para que no tengamos que seguir manejando
lo utópico de Platón, como teoría imposible, no obstante confiamos en
que el Mundo cambie con estadistas decentes, como el nuevo presidente
de la nación más poderosa quien, al parecer, tiene objetivos éticos y
morales que, lamentablemente aquí por esta ínsulas de barataria, que
diría aquel Quijote de la Manca, no vemos sino indecencia y corrupción
política, ¡La que siempre ha existido!